Seiscientos treinta y dos mil novecientos quince saltamontes saltavallas después, y cuatro millones quinientos mil elefantes que se balanceaban sobre una tela de nailon-titanio ultraligera e hiperresistente (de color verde pitoferia) sintetizada por un elenco de científicos arácnidos únicamente para tal fin, Haples sintió que era el momento de empezar su nueva vida de coleóptero neófito.
Y deseó no haberlo hecho. En el momento en que abandonó su ya nada hogareño caparazón (calculad lo enrarecido de un ambiente tan reducido, habitado por una criatura que lo único que había hecho en los meses previos a la mudanza fue comer, comer y comer), el suelo comenzó a retumbar.
-Que sea un terremoto, un volcán, o algún otro fenómeno de la Chuckturaleza (así nombrada por Él mismo, claro)...que no sea un...
Era un niño. Claro que era un niño.-Tonto- pensó Haples-.¿Acaso creías que iba a ser tan fácil? ¡Con Chuck NUNCA es tan fácil, maldita sea!
El infante corría desenfrenado por el bosque, lanzando horronísonos alaridos, con los azules ojos desencajados por una expresión de eufórico éxtasis, sus rechonchas mejillas enrojecidas y su alborotada melena rubia tratando de despegarse de su enorme cabeza:
-¡¡¡Mída mamá, mida como codo!!!
-Sí cariño, qué bien, huy, qué bien. Pues como te decía...
Haples se vió arrastrado fuera de su cómodo hueco del árbol por la centrípeta estela que el querubín, y acabó rodando por el suelo antes lleno de serenas hojas en descomposición, ese suelo con fragancia natural, blandito...ahora sembrado con huellas de un Haples de profundidad.
A duras penas consiguió darse la vuelta, y, enjúgandose unas lágrimas traicioneras (en el cole, el pasatiempo favorito de los abusones, especialmente de Devious, era el poner a Haples panzarriba y darle vueltas hasta que su desayuno acababa manchándoles a todos; es un trauma que Haples no acabó de superar nuca), salió de la huella del monstruito.
Cuando estaba a punto de seguir su periplo vital en busca de Cotton, los ojos compuestos de Haples detectaron movimiento a su derecha. Dos o tres huellas más allá, yacía un escarabajo de su misma especie, aunque bastante peor parado que Haples. Aleteaba espasmódicamente, mientras sus fluidos corporales manaban de su maltrecho cuerpo, la mitad del cual había sido arrollado por el crío en estampida.
Al acercarse, Haples sintió una punzada de esperanza, convertida en sincera alegría, al decir:
-Oh, Devious, qué mal te veo, colega.
-Bbbbzzaaghh
-Déjalo, no hables...
-GGrrdaaciazs pod...la conssideración. Eresh...un buen...tipo.
-...porque haces unas pompas muy desagradables con el líquido que debería estar por dentro de tí, y no por fuera.
-SSerásdz...
-¿Ves? Realmente asqueroso.
-Cotton...Essztá...
-¿Qué ocurre con Cotton? ¿Devious? ¿Quieres contestarme y dejar de aletear, demonios?
-¿Ya no hago...pompash...deshagr...?
Haples agarró una aguja de pino con las poderosas mandíbulas, y hurgó despreocupadamente en el ojo sano de Devious.
-¡Argh! El..niño...Cotton...bolshillo...
Haples no esperó a que Devious siguiera ahogándose con sus propios fluídos y echó a volar desesperado, tan desesperado como un escarabajo enamorado puede volar en busca de su amada.
Siguiendo la estela de destrucción que la criaturita había ido dejando a su paso, alcanzó el claro donde el rubio efebo se había detenido a frotarse su recién magullada rodilla...mientras con la otra mano zarandeaba a Cotton.
Cotton, en su estado larvario, poco podía hacer a parte de retorcerse y padecer los espachurramientos que el crío le proporcionaba.
Entonces, horrorizado, Haples vio que el monstruito se llevaba a Cotton a la boca, con expresión golosa en su enrojecida y moqueada cara regordeta.
Presa de una extraña sensación de frialdad, Haples supo lo que debía hacer. Recogió un par de hojas con sus extremidades centrales, y empezó a revolotear delante de las narices del niño, consiguiendo llamar su atención antes de que fuera tarde.
-¡Madiposa!
Con este primaveral atuendo, Haples fue atrayendo al joven hacia lo que sería el escenario final de la obra.
Una vez cerca del lugar, con el querubín correteando feliz en su búsqueda, comenzó a prepararlo todo. Recogió ramitas, hojas, piedrecillas, montones de excrementos, agujas de pino..., y las fue colocando cada una en su sitio, conformando una auténtica obra de arte. En ese momento, el infante irrumpió en el escenario, y se le abrieron los ojos y la boca como platos. Con saliva goteando de sus aún medio desdentadas mandíbulas, el espectáculo que se le ofreció le hizo palmotear de alegría: un enorme smiley con lo que parecía un gorro de chef hecho con hojas y ramitas en mitad del bosque enmarcaba un suculento manjar: un bichito pequeño y casi aplastado, que aún aleteaba con gracia (a Haples al menos le hacía gracia).
El crío se olvidó de Cotton, y la lanzó por los aires, ocupado como estaba en abalanzarse sobre Devious, que se retorcía mientras veía acercarse a su rubia y rechoncha muerte.
Haples, caballerosamente, recogió al vuelo a Cotton, y la depositó gentilmente en una rama. Se había desmayado por la impresión. Chasqueando las mandíbulas de frustración, se dispuso a realizar una última tarea.
El niño sólo sintió que, justo antes de poder alcanzar su brillante y aleteante tentempié, algo pequeño, con muchas patas y con muy mal humor se dedicaba a picotearle la espalda...desde dentro. Chillando de miedo y dolor, el infante comenzó a correr llamando a su mamá, olvidándose de su piscolabis.
Haples saltó del joven en marcha, cayendo al blando suelo del bosque. Cuando todo (incluído él mismo) dejó de dar vueltas, sacudió un poco sus alas, alzó la mirada (esto es un decir, con los ojos compuestos tienes la mirada alzada, baja, a la derecha, a la izquierda, hacia el futuro, hacia el pasado...todo a la vez), sonrió (para sus adentros, se entiende. Con mandíbulas de coleóptero es difícil sonreír) y echó a andar, buscando a Cotton. Como siempre hizo. Como siempre hará.
-Cuatro millones quinientos mil y un elefantes, se balanceaban...
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domingo, 23 de mayo de 2010
viernes, 14 de mayo de 2010
Capítulo 2
A lo mejor alguna vez os habéis planteado que, en caso de reencarnaros, lo mejor sería hacerlo en un mamífero, por aquello de conservar algo de calidad de vida. Son animales de lo más inteligentes, y de lo mejor adaptados a la vida en toda la Tierra, por debajo únicamente de la cucaracha (que no es mamífero, pero casi cuenta como uno de ellos).
Y que os gustaría además conservar los recuerdos de vuestra anterior vida, para evitar cometer los mismos errores (aunque es difícil cometer errores humanos en el cuerpo, modus operandi y vivendi de un periquito en casa de una adorable ancianita corta de vista).
Pero seguro que nunca os habéis parado a pensar en el gran inconveniente de este tipo de reencarnaciones: el período de gestación.
-Bueno, podría ser peor - pensó Haples, en su estado prelarvario. -Podría ser un elefante, con 22 meses de gestación.
Meses después, Haples se encontraba en uno de los momentos más felices de su vida como escarabajo estercolero, o escarabajo pelotero: inmerso en una gran masa ovoidea de deposición que por el sabor dulce pero afrutado se podría decir que era de bóvido, aunque por ese regustillo final se podría afirmar que era de vaca. Las únicas preocupaciones actuales eran comer y dormir. Se despertaba, y comía. Y se dormía. Total, mami se encargaba de velar por él...
En ocasiones, Haples tenía que recurrir a toda su fuerza de voluntad para recuperar un poco de esencia de sí mismo, de ente racional (y devorador de elementos expulsados del intestino de algún animal).
Llegado el momento de cambiar, de desarrollarse y evolucionar a su fase adulta, Haples se dispuso a establecerse en un cómodo huequito de un árbol donde poder descansar a gusto el tiempo que durara su metamorfosis. Cuando estaba cayendo en el dulce, acogedor, instintivo abrazo del letargo del cambio, entrevió con sus lacónicos ojos compuestos una visión que le hizo estremecerse de placer, y recordar vagamente frases relacionadas con pistolas, bolsillos, y alegrías por ver a alguien: Allí, sobre aquel montón de... bueno, de... de ESO estaba ella.
De nuevo era preciosa, con esos contornos definidos de larva, esas mandíbulas tan perfectas para la coprofagia, esas pestañas taaan largas sobre los ojos carentes de párpados de coleóptera fattale... Cotton era un ser perfecto, se reencarnase en lo que se reencarnase. Lástima que no recordara nada de una reencarnación a otra.
Haples pudo darse cuenta de ello siempre que logró reencarnarse en una especie con el aparato fonador preparado para el habla (es difícil mantener conversaciones fluídas de un carácter filosófico-psicológicas, o simplemente conversaciones de ascensor a base de mugidos, chasquidos, grititos, ronroneos, zumbidos, y demás sonidos que Mamá Chuck Naturaleza pone a disposición de los reencarnados, para mofa y escarnio de éstos). Cotton únicamente recordaba retazos de reencarnaciones previas mediante sueños, o ideas que aparecían y desaparecían fugazmente de su mente. Sueños e ideas a las que no daba niguna importancia.
En muchas ocasiones, Haples se sentía muy desafortunado. Estaba condenado (o destinado) a buscar y enamorarse una y otra vez del mismo ente racional, se reencarnase en el cuerpo que se reencarnase, a protegerla de todo mal, a compartir el mayor tiempo de vida con ella... y a que una y otra vez, ella le olvidara. Además, sobre sus espaldas pesaba una carga aún mayor: el cuerpo asignado para la reencarnación de Cotton estaba directamente ligado a las acciones, o si queréis llamarlo más técnicamente, al Kharma de Haples. Él era el responsable directo de cada reencarnación de Cotton.
Cuando tienes tanto tiempo para pensar como Haples, venderías tu alma por olvidar.
-Qué putada. Creo que acabo de desvelarme.
Y que os gustaría además conservar los recuerdos de vuestra anterior vida, para evitar cometer los mismos errores (aunque es difícil cometer errores humanos en el cuerpo, modus operandi y vivendi de un periquito en casa de una adorable ancianita corta de vista).
Pero seguro que nunca os habéis parado a pensar en el gran inconveniente de este tipo de reencarnaciones: el período de gestación.
-Bueno, podría ser peor - pensó Haples, en su estado prelarvario. -Podría ser un elefante, con 22 meses de gestación.
Meses después, Haples se encontraba en uno de los momentos más felices de su vida como escarabajo estercolero, o escarabajo pelotero: inmerso en una gran masa ovoidea de deposición que por el sabor dulce pero afrutado se podría decir que era de bóvido, aunque por ese regustillo final se podría afirmar que era de vaca. Las únicas preocupaciones actuales eran comer y dormir. Se despertaba, y comía. Y se dormía. Total, mami se encargaba de velar por él...
En ocasiones, Haples tenía que recurrir a toda su fuerza de voluntad para recuperar un poco de esencia de sí mismo, de ente racional (y devorador de elementos expulsados del intestino de algún animal).
Llegado el momento de cambiar, de desarrollarse y evolucionar a su fase adulta, Haples se dispuso a establecerse en un cómodo huequito de un árbol donde poder descansar a gusto el tiempo que durara su metamorfosis. Cuando estaba cayendo en el dulce, acogedor, instintivo abrazo del letargo del cambio, entrevió con sus lacónicos ojos compuestos una visión que le hizo estremecerse de placer, y recordar vagamente frases relacionadas con pistolas, bolsillos, y alegrías por ver a alguien: Allí, sobre aquel montón de... bueno, de... de ESO estaba ella.
De nuevo era preciosa, con esos contornos definidos de larva, esas mandíbulas tan perfectas para la coprofagia, esas pestañas taaan largas sobre los ojos carentes de párpados de coleóptera fattale... Cotton era un ser perfecto, se reencarnase en lo que se reencarnase. Lástima que no recordara nada de una reencarnación a otra.
Haples pudo darse cuenta de ello siempre que logró reencarnarse en una especie con el aparato fonador preparado para el habla (es difícil mantener conversaciones fluídas de un carácter filosófico-psicológicas, o simplemente conversaciones de ascensor a base de mugidos, chasquidos, grititos, ronroneos, zumbidos, y demás sonidos que Mamá Chuck Naturaleza pone a disposición de los reencarnados, para mofa y escarnio de éstos). Cotton únicamente recordaba retazos de reencarnaciones previas mediante sueños, o ideas que aparecían y desaparecían fugazmente de su mente. Sueños e ideas a las que no daba niguna importancia.
En muchas ocasiones, Haples se sentía muy desafortunado. Estaba condenado (o destinado) a buscar y enamorarse una y otra vez del mismo ente racional, se reencarnase en el cuerpo que se reencarnase, a protegerla de todo mal, a compartir el mayor tiempo de vida con ella... y a que una y otra vez, ella le olvidara. Además, sobre sus espaldas pesaba una carga aún mayor: el cuerpo asignado para la reencarnación de Cotton estaba directamente ligado a las acciones, o si queréis llamarlo más técnicamente, al Kharma de Haples. Él era el responsable directo de cada reencarnación de Cotton.
Cuando tienes tanto tiempo para pensar como Haples, venderías tu alma por olvidar.
-Qué putada. Creo que acabo de desvelarme.
lunes, 10 de mayo de 2010
Kharmaggedon
Capítulo 1
Haples estaba esperando. Eso se le daba genial, sobre todo porque llevaba los últimos evos dedicado especialmente a ello.
Cotton estaba alimentándose de Chuck sabe qué moléculas, y a Devious no se le veía por ahí... debía estar engañando ancianitas, o algo.
Ah, Cotton... incluso unicelularmente, era perfecta. Su deliciosa membrana plasmática, sus encantadoras mitocondrias, esos Golgis que le hacen a uno perder la cabeza... y el suave aleteo de sus cilios... ah, Cotton...(quizás no suene muy apetecible, pero lo cierto es que objetivamente, para ser un organismo heterótrofo unicelular, Cotton era toda una belleza).
Ser unicelular tiene sus ventajas. No tienes que madrugar, para empezar. Llevas la vida del paramecio, dejándote mecer suavemente por las ondas en el caldo primordial del planeta que te haya sido asignado (Chuck tiene a veces un retorcido sentido del humor). La alimentación se basa en extender tus cilios y esperar a que alguna molécula orgánica consumible quede enredada en ellos, para después fagocitarla con exquisito placer. No tienes que preocuparte por enseñar colores de apareamiento, ni de realizar complicadas danzas aéreas para atraer a las hembras, ni de comprarlas flores, bombones ni lencería fina, ni pelearte con los otros machos para llevarte la mejor fémina, ni... Bueno, eso sí. En especial si dichos machos tienden a ser malévolos, sinvergüenzas, manipuladores, con sus atusados flagelos, y sus modales de monsieur, y se llaman Devious.
Hay una creencia popular que está convencida de que al morir, nuestra alma no desaparece, ni va a un Paraíso, ni arde en un Infierno. No hay Nirvana, ni encuentros con Alá, ni banquetes pantagruélicos en los salones del Valhalla, ni zona VIP con Osiris... Nada de noches desenfrenadas con Afrodita, ni torturas en el Hades. Al morir, nuestra alma retorna al mundo, pero en otro cuerpo, y sin recuerdos de la anterior vida: Reencarnación.
Pues tiene razón. Lo que no se suele saber es lo diferente que se ve la vida cuando tu alma es asignada a un ser de diferente especie, tiempo o espacio. Y peor aún, cuando te tocan especies más abajo en la escala evolutiva.
Aquí entra en juego el Kharma, que en versión resumida dice algo así como "cuidado con lo que haces en esta vida, o te vas a cagar en la próxima".
Y lo de que no guardas recuerdos de anteriores vidas, es cierto. Salvo en individuos muy especiales, destinados a hacer grandes cosas... o con muy mala suerte.
De repente, el hilo de pensamientos de Haples se vio bruscamente interrumpido cuando reparó en que Devious estaba compartiendo una molécula de dulce glucosa con Cotton. Ciego de rabia, Haples se precipitó en frenética carrera... bueno, imagínate la escena en pespectiva organismo unicelular.
Justo antes de poner en práctica su idea original de fagocitar a Devious, Haples recordó lo que ocurre cuando le das a Chuck un motivo para putearte: siempre, siempre, siempre, hay algún ser más miserable que tú, y generalmente, en una posición inferior en la escala evolutiva.
Esto del Kharma tiene sus cosas buenas, también: las acciones buenas conllevan su premio, así como las malas su castigo. Haples se detuvo a tiempo, y agitando un apéndice formado por invaginaciones de su membrana hacia la superficie, con aviesa mirada en lo que deberían ser sus ojos, si tuviera, pensó:
- ¡Vamos, Chuck! ¡Ésta me la debes!
- Está bien.
Cuando los ecos de la Todopoderosa Voz hubieron desaparecido, de la nada surgió un gigantesco mastodonte pluricelular, un equivalente a una locomotora desbocada tamaño Parameciópolis, que arrastró al maldito Devious en su loca estampida.
Haples, heroicamente, alargó el apéndice de maldecir hacia Cotton, apartándola del camino del Gran Pluricelular, y acercándola con un involuntario movimiento que hizo que los cilios de ambos quedaran enredados. Y Haples se sentía como si se derritiera desde el punto donde contactaba con Cotton, hasta lo más profundo de su núcleo...
Y de repente, una luz casi tangible bajó del cielo, atravesando la superficie y a varios organismos unicelulares autótrofos (el retorcido sentido del humor de Chuck). La luz envolvió a Haples, y con una música celestial, y un ¡Bamf!, todo desapareció.
- Y aquí vamos otra vez- dijo Haples, cansinamente.
Haples estaba esperando. Eso se le daba genial, sobre todo porque llevaba los últimos evos dedicado especialmente a ello.
Cotton estaba alimentándose de Chuck sabe qué moléculas, y a Devious no se le veía por ahí... debía estar engañando ancianitas, o algo.
Ah, Cotton... incluso unicelularmente, era perfecta. Su deliciosa membrana plasmática, sus encantadoras mitocondrias, esos Golgis que le hacen a uno perder la cabeza... y el suave aleteo de sus cilios... ah, Cotton...(quizás no suene muy apetecible, pero lo cierto es que objetivamente, para ser un organismo heterótrofo unicelular, Cotton era toda una belleza).
Ser unicelular tiene sus ventajas. No tienes que madrugar, para empezar. Llevas la vida del paramecio, dejándote mecer suavemente por las ondas en el caldo primordial del planeta que te haya sido asignado (Chuck tiene a veces un retorcido sentido del humor). La alimentación se basa en extender tus cilios y esperar a que alguna molécula orgánica consumible quede enredada en ellos, para después fagocitarla con exquisito placer. No tienes que preocuparte por enseñar colores de apareamiento, ni de realizar complicadas danzas aéreas para atraer a las hembras, ni de comprarlas flores, bombones ni lencería fina, ni pelearte con los otros machos para llevarte la mejor fémina, ni... Bueno, eso sí. En especial si dichos machos tienden a ser malévolos, sinvergüenzas, manipuladores, con sus atusados flagelos, y sus modales de monsieur, y se llaman Devious.
Hay una creencia popular que está convencida de que al morir, nuestra alma no desaparece, ni va a un Paraíso, ni arde en un Infierno. No hay Nirvana, ni encuentros con Alá, ni banquetes pantagruélicos en los salones del Valhalla, ni zona VIP con Osiris... Nada de noches desenfrenadas con Afrodita, ni torturas en el Hades. Al morir, nuestra alma retorna al mundo, pero en otro cuerpo, y sin recuerdos de la anterior vida: Reencarnación.
Pues tiene razón. Lo que no se suele saber es lo diferente que se ve la vida cuando tu alma es asignada a un ser de diferente especie, tiempo o espacio. Y peor aún, cuando te tocan especies más abajo en la escala evolutiva.
Aquí entra en juego el Kharma, que en versión resumida dice algo así como "cuidado con lo que haces en esta vida, o te vas a cagar en la próxima".
Y lo de que no guardas recuerdos de anteriores vidas, es cierto. Salvo en individuos muy especiales, destinados a hacer grandes cosas... o con muy mala suerte.
De repente, el hilo de pensamientos de Haples se vio bruscamente interrumpido cuando reparó en que Devious estaba compartiendo una molécula de dulce glucosa con Cotton. Ciego de rabia, Haples se precipitó en frenética carrera... bueno, imagínate la escena en pespectiva organismo unicelular.
Justo antes de poner en práctica su idea original de fagocitar a Devious, Haples recordó lo que ocurre cuando le das a Chuck un motivo para putearte: siempre, siempre, siempre, hay algún ser más miserable que tú, y generalmente, en una posición inferior en la escala evolutiva.
Esto del Kharma tiene sus cosas buenas, también: las acciones buenas conllevan su premio, así como las malas su castigo. Haples se detuvo a tiempo, y agitando un apéndice formado por invaginaciones de su membrana hacia la superficie, con aviesa mirada en lo que deberían ser sus ojos, si tuviera, pensó:
- ¡Vamos, Chuck! ¡Ésta me la debes!
- Está bien.
Cuando los ecos de la Todopoderosa Voz hubieron desaparecido, de la nada surgió un gigantesco mastodonte pluricelular, un equivalente a una locomotora desbocada tamaño Parameciópolis, que arrastró al maldito Devious en su loca estampida.
Haples, heroicamente, alargó el apéndice de maldecir hacia Cotton, apartándola del camino del Gran Pluricelular, y acercándola con un involuntario movimiento que hizo que los cilios de ambos quedaran enredados. Y Haples se sentía como si se derritiera desde el punto donde contactaba con Cotton, hasta lo más profundo de su núcleo...
Y de repente, una luz casi tangible bajó del cielo, atravesando la superficie y a varios organismos unicelulares autótrofos (el retorcido sentido del humor de Chuck). La luz envolvió a Haples, y con una música celestial, y un ¡Bamf!, todo desapareció.
- Y aquí vamos otra vez- dijo Haples, cansinamente.
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